Maduro toma posesión en una Venezuela empobrecida

Opinion10.01.2019Trino Márquez
Nicolás Maduro
Hugoshi [CC BY-SA 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0)], from Wikimedia Commons

Nicolás Maduro, el desacreditado presidente venezolano, tomará posesión para un segundo mandato consecutivo el 10 de enero, en el marco de una Venezuela azotada por la peor crisis desde la Guerra Federal, a mediados del siglo XIX.

Las elecciones que le sirven de excusa a Maduro para mantener la jefatura de Estado se realizaron el 20 de mayo de 2018. Fueron estos unos comicios cuestionados por la oposición interna y por numerosos gobiernos de la comunidad internacional. La oposición rechazó la consulta porque fue convocada a destiempo (siete meses antes de diciembre, mes en el que tradicionalmente se realizan los comicios presidenciales en el país) por la ilegítima Asamblea Nacional Constituyente (ANC), y no por el Consejo Nacional Electoral (CNE), órgano designado por la Constitución para llamar a este tipo de consultas.

La convocatoria apresurada se realizó con el fin de reafirmar la autoridad, en entredicho, de la  ANC; evitar que la hiperinflación afectara aún más las aspiraciones reeleccionistas de Maduro e impedir que la alternativa democrática eligiese un candidato unitario mediante una consulta popular, es decir, unas primarias. Las naciones democráticas del planeta asumieron los planteamientos de la oposición venezolana y rechazaron la validez de esa votación.

Desde el 10-E, Maduro será un mandatario que habrá perdido la legitimidad de origen, basada en el sufragio popular. Los comicios con los que pretendió reelegirse fueron rechazados nacional e internacionalmente. La participación de Henri Falcón como candidato presidencial, representando a un pequeño grupo de organizaciones opositoras, no logró darle legitimidad a la contienda.

Nicolás Maduro, por lo tanto, comenzará su segundo período en medio de una crisis de representación,  que acaba de ser subrayada por Christian Zerpa, exmagistrado madurista del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), miembro de la Sala Electoral, quien, luego de huir del país, denunció  desde los Estados Unidos algunas de las manipulaciones más burdas cometidas por el régimen con motivo de esas elecciones.

Además de la crisis institucional tenemos el colapso económico nacional. 2018 cerró con una inflación superior al millón por ciento. El aumento de los precios, especialmente de los alimentos y las medicinas, pulverizó el salario. El sueldo mínimo de los trabajadores se encuentra alrededor de $10 mensuales, el más bajo de América Latina.

Distintos institutos y empresas de investigación calculan que para una familia tipo de cinco personas, el costo de la Canasta Básica Alimentaria (CBA) anda por los $500 al mes. En una familia pobre puede haber hasta tres salarios mínimos.  La brecha tan abismal entre el ingreso del grupo familiar y el costo de la CBA se reduce, en parte, porque las familias más pobres reciben un auxilio a través de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (Clap), a través de bolsas o cajas de comida a muy bajo precio, subsidiadas. Este auxilio cubre a cerca de 80% de los grupos más humildes, aunque no de forma regular.

Las posibilidades de conseguir un empleo estable y bien remunerado se han reducido notablemente. De acuerdo con los últimos informes de Fedecamaras, Conindustria y Consecomercio, las tres federaciones más importantes que agrupan a los empresarios del país, el parque industrial y comercial de la nación se ha contraído de manera dramática. En la actualidad representa apenas 30% de lo que era hace veinte años.

La caída del PIB el año pasado fue superior a 15% con respecto a 2017. Debido al asfixiante cerco sobre el sector privado, su aporte apenas significó 30% del total del PIB. Es el quinto año consecutivo en el cual retrocede este indicador. Desde 2014 la merma acumulada suma 50%. El tamaño de la economía venezolana es similar a  la de hace 60 años, cuando fue derrocada la dictadura de Pérez Jiménez.

La industria petrolera, columna vertebral de la economía nacional, también se ha erosionado de manera alarmante. En 1999, cuando Chávez asumió la presidencia de la República, Venezuela extraía algo más de tres millones de barriles diarios. En la actualidad, a duras penas frisa el millón. Por esa razón, el gobierno no pudo aprovechar el alza de los precios internacionales del crudo durante  casi todo el año pasado, para obtener más divisas.  

El colapso económico se combina con el deterioro generalizado de la calidad de vida. Todos los servicios públicos se encuentran en un preocupante estado de abandono: la salud, la educación, el transporte colectivo, la distribución de gas doméstico, de agua, la vías de comunicación, los puertos y aeropuertos, la seguridad personal y la seguridad social, se hallan en un grado de postración desconcertante, pues el país nada en abundantes recursos naturales.

La ineptitud, pero sobre todo la corrupción generalizada, explican en buena medida el colapso de los servicios. Muchos funcionarios del régimen han amasado enormes fortunas porque se han apropiado de los recursos destinados a mejorar los hospitales, comprar medicinas, optimizar el tendido eléctrico, comprar unidades de transporte colectivo o mantener las carreteras y los aeropuertos en buen estado. El régimen construyó una inmensa cleptocracia.

La respuesta de Maduro ante este caos universal ha sido la negación de la realidad, la acusación al “imperialismo” norteamericano por el supuesto bloqueo económico y la denuncia de “saboteo” por parte de la oposición. Las protestas que se realizan a diario son reprimidas con violencia por los cuerpos represivos, mientras que sobre la oposición se ejerce una presión sostenida. La mayor parte de los dirigentes políticos más significativos se encuentran presos o en el exilio. Todos están amenazados de forma permanente. Los partidos políticos más importantes han sido inhabilitados y a los gremios, y sindicatos se les prohíbe convocar elecciones de base para renovar sus representantes. La represión abierta y la amenaza constante representan dos notas dominantes del ambiente político. Los medios de comunicación han sido silenciados.

Chávez y Maduro politizaron las Fuerzas Armadas y, además, les entregaron el país. La alianza de Maduro con la cúpula militar constituye la clave para entender por qué un régimen que está dejando al país en ruinas y tan impopular, se mantiene en el poder. Esa yunta hasta ahora ha resultado inamovible e indestructible.  

El desprestigiado Maduro asumirá su segundo mandato en medio de un país empobrecido, militarizado, carcomido por la corrupción, acallado y, lamentablemente, con partidos y organizaciones populares muy débiles. La buena noticia es que la presión internacional continuará. Maduro no saldrá de su aislamiento. La oposición tendrá que recomponerse para que se articule con el respaldo que ofrece la comunidad internacional.

Trino Márquez, Sociólogo. Analista Político  Miembro de Cedice